miércoles, 31 de diciembre de 2025

Memoria

 Esta mañana, a una pregunta he respondido «no, no tengo» y automáticamente he continuado «porque uso nombre de producto». Es un automático que me sale de ver ese anuncio en youtube, señal inequívoca de que el anuncio es efectivo. No solo porque lo pasan una y otra vez, con variantes, pero siempre acudiendo a esa fórmula de preguntarle al tipo y que él responda, «no, no tengo» y a continuación (en algunas variantes más cortas eliminan esta respuesta del todo innecesaria) aclarar «porque uso nombre de producto».

Esta tontería me ha llevado a otra tontería. En una canción de un cantante argentino llamado Iorio Flavio, que he descubierto en estos últimos meses, al final hay un pequeño diálogo que se repite y repite hasta que se va extinguiendo. 

—¡Tómese otra ginebra, paisano!

—No. Ya me voy.







A mí me gusta, sobre todo, el «No. Ya me voy» pronunciado con mucha dignidad y sin el titubeo de quien acabará transigiendo después de mucha insistencia. Y aunque está interpretado como un diálogo, es casi lo único que recuerdo de esa canción y casi no la canción misma.

Esto me hace pensar en la magia de la repetición que acaba por colarse en nuestra mente y que precisamente por eso ha sido durante generaciones la vía de transmisión de conocimiento de padres a hijos o de abuelos a nietos. Una vía de transmisión que era muy fiel a la palabra porque prácticamente se transmitía como una grabación con las exactas palabra y la exacta entonación con que uno había escuchado miles de veces aquella historia, poesía, dicho popular o narración más extensa (o chistes, añado ahora, otra expresión popular que se conserva literalmente generación tras generación). De ahí, supongo, que los textos antiguos se conservaran, por ejemplo, entre los egipcios, de una manera completamente fiel, como si el cambio de una palabra, de una expresión, aunque dijera lo mismo, desvirtuara completamente el texto o lo desacralizara, o le hiciera perder su efectividad o autenticidad. 

Recuerdo que, de niño, teníamos un disco de cuentos, que escuchábamos una y otra vez y no nos cansábamos de oírlo exactamente igual cada vez (piensa uno en lo efímeras que son hoy las canciones, las películas, los libros, que una vez leídos, escuchados, se olvidan porque ya se leyeron, porque ya se escucharon, porque ya vi esa película, y en efecto, muchas de ellas no dejan ni el menor rastro en nuestras mentes). En concreto se trataba de El gato con botas, y Aladino y la lámpara maravillosa. Uno por una cara y otro por la otra del disco. Todavía hoy tengo frases impresas no solo por el significado, sino con el tono y si me apuro, hasta con el sonido con que se pronunciaban en aquel disco. ¡Eh, caravanero!… ¡Hola, mercader!… Eran cuentos no solo leídos sino interpretados, sin las exageraciones interpretativas que usan actualmente, y según mi parecer, los cuenta cuentos, en donde prima más el espectáculo que mantenga la atención que la pura narración. Un único lector cambiaba ligeramente la voz para interpretar a los personajes y a mí me parecía verlos claramente distintos uno de otro al mismo tiempo que comprendía que era uno solo el narrador. Por eso, cuando imitaba esas lecturas, también ponía voces, como había aprendido a hacer: Y, dime, mago, ¿qué hacen los ricos?, le preguntaba el hombre que le había robado la lámpara a Aladino al mago que había salido de ella. Es una frase que me brota, de manera completamente espontánea, cada vez que veo una muestra de ostentación.

Yo creo que más que lo que se dice, lo que importa es el sonido de la frase, cómo se pronuncia, es decir, que lo que recordamos no es una idea, sino una música, y gracias a esa música la expresión queda grabada en nuestra mente, y un día, tal vez, comprendemos lo que significa. Como cuando aprendíamos las tablas de multiplicar cantándolas y por lo tanto aprendimos a multiplicar buscando en esas tablas, hasta que, al menos en mi caso, ya de bastante talludito, yo creo que ya estaría en el instituto o la universidad, vine a comprender que la multiplicación era una suma sucesiva, lo mismo que la división era una resta sucesiva. Hasta entonces nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el asunto, simplemente multiplicaba y dividía acudiendo a aquellas tablas. (Dicho sea de paso, desde que me dí cuenta de esto, se me empezó a dificultar el multiplicar o dividir con soltura, porque ahora intervenía mucho más la razón que la memoria automática).

Esto me hace pensar que el conocimiento se transmite primero por memoria y después, cuando la mente de uno está mejor formada, es cuando empieza el razonamiento sobre lo que ya tenemos bien asentado en la memoria.  Lo que se contrapone a las metodologías docentes de hoy día, que, ya desde hace unos cuantos años, desprecian la memorización como si fuera un acto inútil. Aunque más de una voz ha reivindicado la necesidad de la memorización en la formación. 

Mi capacidad memorística voluntaria siempre ha sido muy mala, porque soy muy perezoso para estudiar o porque soy demasiado optimista cuando estoy estudiando y me creo que el trabajo de almacenamiento ya ha sido realizado cuando todavía es demasiado pronto. Recuerdo que a muchos exámenes –en mis tiempos de estudiante– acudía con cierta confianza y cuando me veía ante las preguntas me desmoronaba completamente hasta no sonarme ni referencias de lo que se me estaba solicitando. Hoy mismo soy incapaz de acordarme de un nombre que acabo de leer dos páginas atrás. Y no creo que sea síntoma de alzheimer porque esta dificultad mía con los nombres ya me viene de muy antiguo. Por alguna razón mi mente sostiene que los nombres propios de personas son absolutamente irrelevantes y ha renunciado a almacenarlos, por lo que muchas veces, si quiero ir enterándome de la trama de una película o de un libro, tengo que ir llevando un listado de la nomenclatura de los personajes para entender a quienes se están refiriendo. Por cierto que tampoco se me da muy bien recordar las fechas de los hechos históricos, tan necesarias para ordenar en la mente los sucesos, razones todas por las cuales hice muy bien en no abordar carreras de humanidades, supongo. Y sin embargo podría cantar de memoria muchas de las canciones de Silvio y Pablo, muchas de las de Pablo Guerrero o Luis Pastor, y la mayor parte de los poemas que me he aprendido han sido por las versiones de Paco Ibáñez. Apenas tengo en mi haber independiente el haberme aprendido de memoria el primer capítulo del Industrias y Andanzas de Alfanhuí –intentándolo estoy con el segundo–, que decidí aprenderme alguna vez completo, pensando en aquel libro de Ray Bradbury, para el caso de que, un día, llegara el gran cataclismo y desaparecieran todos los libros. 

martes, 16 de diciembre de 2025

Soy lúcido

 


Me gusta este poema de Fernando Pessoa. Tiene una cierta ironía, una burla de sí mismo, y al mismo tiempo una descripción de sí mismo. Se siente un desplazado social, pero un, a su juicio, auténtico desplazado, porque su desplazamiento es espiritual. No es un simple mendigo, vago, que  no quiere ser un ciudadano probo de la sociedad, que al fin y al cabo es otra forma de pertenecer a la sociedad, tan validada como la de ser ingeniero de caminos, ebanista o presidente de la sociedad de fomento. Él es un mendigo pero espiritual, él se siente ajeno al espíritu de todos, desplazado del sentir general.Y no puede volver al redil de la comunidad porque, oh, desgracia, es lúcido. 

Ese último grito de, ¡mierda!, soy lúcido, no es orgulloso, no es un blasón que se autoimpone, sino, por el contrario un lamento, una declaración de su incapacidad de ser como todos. Pero en el fondo, también, un signo de identidad, yo no soy como todos.